Cuando me propusieron escribir en primera persona contándome, comprendí que era el momento de responsabilizarme y utilizar mi profesión para dar voz a todos aquellos que luchamos cada día por conquistar una estabilidad que se resiste, pero que es posible. Con una autoestima lacerada, emprendo este reto periodístico y personal para el que, tras un inmenso esfuerzo, estoy capacitada.
Me gusta definir el trastorno bipolar como un vaivén anímico hacia arriba y hacia abajo, una fluctuación entre alegría extrema y depresión insondable salpicado de fases intermedias, que se repiten una y otra vez. Para mí, el trastorno bipolar se ha convertido en una forma de vida, una toma de conciencia plena de la enfermedad que me hace estar alerta cada día: la toma de la medicación, ir cada semana al grupo de psicoterapia, evitar situaciones estresantes, llevar una vida lo más ordenada posible e intentar circundarme del afecto de las personas que me rodean para que sus ojos me adviertan de lo que no veo cuando pierdo la lucidez.